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Juego Sucio
José Miguel Rojas o la noción hobbesiana del poder
Jaime ORDOÑEZ
José Miguel Rojas, desde aquellas Imágenes del Poder de 1989 hasta esta muestra de 2007 llamada Juego Sucio, camina hábilmente por esa misma difícil cuerda floja que media entre el puro concepto y la concreción de la imagen, y que ha logrado sortear los peligros hábilmente, siempre encontrando ese algo adicional, esa desgarrada expresión del concepto transformado en forma, nuevamente en descarnadas figuras que retratan el mundo violento del poder, de la subcultura del dinero y del estatus, de las bajas pasiones y ambiciones del ser humano. José Miguel, al igual que hace dieciocho años, consigue que sus pinturas se transformen en poderosos golpes al mentón del espectador, en fantásticas bofetadas o escupitajos en su cara, en sobrecogedoras comunicaciones que logran transmitir ese hecho terrible, siniestro y maravilloso que pervive en toda obra de arte: la sorpresa.
En efecto, Juego Sucio transmite sorpresa, angustia, y también dolor y asqueo sobre el destino y la condición humana. En las diferentes piezas, el autor logra desnudar los perfiles más oscuros de algunos seres-arquetipos que simbolizan las instituciones del poder: en El Festin macabro, Flash Perversidad, Retrato Real, Juego Sucio o Ridícula Procesión, José Miguel Rojas presenta una versión perversa y siniestra de varios íconos del poder: los políticos; la banca; la iglesia; la absurda frivolidad de las imágenes y los estatus; el oscuro nudo de las adulaciones y los intereses. En algunos de esas obras se vislumbran, incluso, algunas fauces de la historiografía nacional costarricense. Aquí la burda cara de nuestra civilización y de nuestra sociedad concreta se muestra de frente y golpea la sensibilidad y la modorra circundante. El objeto de la comunicación se cumple en forma directa y eficaz: lo grotesco se muestra a sí mismo, con toda su obscena vulgaridad.
Estos cuadros de gran formato de José Miguel—aparte de su notable maestría técnica—realizan plenamente el objetivo de la obra artística: nos pone en un espejo, como sociedad y civilización, desnuda todas nuestras bajas pasiones, los vicios del poder y todos sus sucedáneos. Para quien escribe estas líneas, algunas otras obras como Hiena, La mesa maldita o El inestable mundo en que navegamos resultan, inclusive, más sobrecogedoras, pues logran transmitir sensaciones o percepciones que, no por indirectas o más sutiles, dejan de ser absolutamente inquietantes, y quizá hasta más peligrosas en su significado. Por ejemplo, Hiena o La mesa maldita son las desgarradas metáforas de la jauría humana; o quizá a la inversa, nosotros, la civilización, somos la metáfora de la naturaleza, tal como sostiene Richard Rorty en uno de sus más memorables ensayos.
Desde el punto de vista ideológico, el hilo conductor de este Juego Sucio retoma en buena medida lo que ya Imágenes del Poder había planteado años atrás. Nos recuerda lo que en el fondo somos los seres humanos: sujetos en conflicto, amarrados a una suerte de ley darviniana de la pugna y la autodestrucción. Después de observar la obra de José Miguel Rojas uno llega a la conclusión de que la terrible percepción de Thomas Hobbes es absolutamente correcta, y que estamos amarados a la cruel condición de la entropía y al enfrentamiento con nuestros iguales. Y que, además, la difícil aventura de la civilización—independientemente de lo que ésta logre sobrevivir y hasta tanto nos alcance el reloj—consiste justamente en domeñar esos bajos instintos.--
San José, abril de 2007.
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