"La novela se inserta en la guerra; pero no es de guerra. Unos cuantos años en el futuro, una Centroamérica menoscabada por la brutalidad de la explotación transnacional y las guerras preventivas contra presuntos terroristas que nadie ve nunca; y en medio de todo, las gentes de los pueblos y las ciudades atrapadas en la enloquecedora condición de la vida sin expectativas.
Las minas son el destino de los niños, las maquilas el de las mujeres, y las plataformas petroleras y las zonas agrícolas, el de los hombres, pero no hay en ello el beneficio de la esperanza. La vida no va a cambiar para nadie. La cotidianidad de una ciudad se ve mortalmente fracturada por un bombardeo. La Gerencia General de la Mega Empresa Planetaria esgrime el argumento de la defensa de la libertad y la democracia para justificar los "ataques preventivos", pero la gente sabe que se trata tan solo de la más vil estrategia para reubicarla en las zonas productivas cada vez que aumenta la necesidad de mano de obra.
Los ciudadanos que ven destruida su ciudad, hacen hasta lo imposible por conservar el precario sentido de la vida, hasta que el sentido común los lleva a abandonar las ruinas. En medio de lo que queda de la selva tropical, un grupo de disidentes intenta establecerse en un antiguo complejo prehispánico que, poco a poco, se transforma en símbolo de la resistencia. Y lo demás es eso: la resistencia como forma de vida, la resistencia sin plazos no objetivos específicos. La resistencia concreta y violenta al lado de la resistencia silente y abstracta. La resistencia como nuevo sentido de la vida, sin que sea posible vislumbrar ni siquiera la idea de una resistencia organizada. Se nace en la resistencia, y se muere en ella. En un futuro lejano (se ignora cuántos años más tarde), una generación producto del desapego y el sincretismo cultural vive en lo que es el futuro de aquella resistencia de los tatarabuelos, pero vive con la sospecha de que una nueva lucha se avecina, aunque nada dé indicios de ello, más allá de las "supersticiones" de los sobrevivientes de una subterránea y abigarrada tradición, la de conservar el conocimiento de los mundos ya cumplidos" .
Fernando Contreras Castro, nació en Costa Rica; es docente e investigador de la Universidad de Costa Rica, ensayista y articulista.
Ha publicado las siguientes novelas: Única mirando al mar (1993), Los Peor con el que ganó el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en 1995, premio que le fue otorgado nuevamente con su obra El tibio recinto de la oscuridad.
A publicado además, los libros de relatos Urbanoscopio (1997) y Sonambulario (2005).