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Antología menor
Julio Acuña
Andrómeda


“Ser lo que alguno sueña”: Ontología menor, de Julio Acuña

Para un lector costarricense, el libro Ontología menor podría parecer —al menos por su título— alguna especie de contestación a Jorge Debravo©®, o más específicamente, al lugar de su obra en el país, por la resonancia de la Antología mayor. Sin embargo, no hay mayor referencia al poeta turrialbeño, a no ser recién al final de la obra, como de perfil: “Había una / foto de Debravo / Al escenario / mis ojos / debutantes / que ya / temblaban / sostuvieron / por un instante / el calor / de otro tiempo”.

¿Es esa foto desvaída que se guarda empolvada quizás en un salón de actos, una metáfora o acaso un síntoma de la relevancia de aquel poeta —a quien casi le bastaba la Biblia como mundo de lectura y afirmaba que la única deuda de un poema era “gustar”— para la actual generación de poetas costarricenses? ¿Es Debravo©® calor de otro tiempo para ojos debutantes? ¿O es la poesía siempre calor de otro tiempo para los ojos necesariamente debutantes de todo lector? El libro, a pesar de las expectativas levantadas desde el acercamiento a su portada, no aclara mucho en la línea de preguntas de este tipo.

Entonces volvemos al título, que nos sugiere, como posibilidad de lectura, un desplazamiento desde la institución literaria —basada en criterios estéticos como la belleza de sus flores (recordamos que “antología” significa ‘florilegio’)—, hacia la preocupación por el ser (ontología), y el acto con que esto se logra es, justamente, un cambio de letra, o sea, un cambio literario. Así que bien podría pensarse que: a) estamos en un alejamiento de la institucionalidad literaria, b) el alejamiento se realiza —de manera necesariamente irónica— de manera literaria, específicamente mediante un cambio de letra, y c) ese movimiento tiene que ver con el ser.

Si una de las molestias del pensamiento filosófico occidental ha sido relacionarse con la materialidad del lenguaje como con una prisión, es en la medida en que deba concebirse platónico, en el sentido de previo a las letras y a sus saltos, variaciones, elisiones y contrastes. Aludimos de pasada al concepto derrideano basado en un cambio de letra (différance), esta vez mudo (se pronuncia igual que différence), lo que nos llevaría a preguntarnos —apoyándonos en la traducción propuesta por Frida Saal— cuál “diferensia” introduce el libro Ontología menor ya desde su título.

El pensamiento, y las preguntas vinculadas al ser, aparecen pues con el cambio de letra, y es difícil pensarlos como esencias previas. O al menos esta es, me parece, la apuesta básica de la poesía en el trabajo de libros como Ontología menor: que los poemas son puras palabras y sin embargo no son palabras puras, porque están contaminadas del ser, o lo contaminan. Para lo cual es necesario asegurarse un lector de “ojos debutantes”, no muy lejos de “El búho” que presta sus cejas para dar nombre a la primera parte del poemario: “Todo lo que ve es mentira: / la disputa de los sonidos en el aire, / el gusto de la nuez en la ardilla que escapa, / la fragancia de la flor junto a los pies del árbol. / Calla y observa los sentidos del bosque. / No vuela con el sol. / Su realidad es la noche”.

La sorda mirada del búho, más que ser un símbolo de penetración, lo es de una mentira, simultánea a la sinestesia que realiza de los sentidos del bosque: logos que mata. Y si “es cadáver el vocablo”, como escribió sor Juana de su propia poesía, podemos pensarlo así incluso del momento histórico único de creación del alfabeto, cuando la proliferación de imágenes jeroglíficas dio paso a los 22 símbolos con los que pasó a representarse la multiplicidad avasallante de los sentidos del bosque, y del búho acaso, quedó solo el borde de su plumaje convertido en la letra M. Labor de escritura que puede pensarse implícita desde que el ser humano habla, y sin embargo no por implícita hubo menos que fabricarla. Esos 22 símbolos constituyen un sistema cerrado, limitado, y hoy nos interesa ver ahí, como en la nocturna mirada del búho acuñano, un paso de “mayor” a “menor”.

Se me ocurre recordar acá que un poeta y teórico como Huidobro quiso ver en un paso de este tipo un gesto humanizante, en el sentido más lato de “hacedor de lo humano” y no tanto como “humanismo”: ahí aparece su libro Horizonte cuadrado. Algo “vasto, enorme, como el horizonte, se humaniza, se hace íntimo, filial…” (conferencia “El creacionismo”). Y agrega luego: “Al cerrar las ventanas de nuestra alma, lo que podía escapar y gasificarse, deshilacharse, queda encerrado y se solidifica”. Afirmaciones que en un primer momento chocaron con el prejuicio de libertad, de ausencia de límites, que asociábamos con la metaforización desbordante del poeta chileno: quizás son precisamente los límites (ontológicos, no morales) los que permiten una libertad de algún tipo.

El “horizonte cuadrado” se redobla en el concepto del chileno, de mayor carga en relación con el ser, de “sublime de bolsillo”, quizás más cercano a una “ontología menor”. Pero si esto es humanificante será en una línea muy distinta de un sentimiento oceánico, de comunicación inmediata, más frecuente en la poesía new age, tan actual como pueda ser.

Ahora bien, si Horizonte cuadrado despliega con cierta ostentación su imaginería, Ontología menor más bien apunta a otro tipo de cuadro: la pequeña ventana por la que un poeta mira el mundo, el paisaje nocturno del búho, y hasta lo imposible de mirar: “qué metáfora aquella / donde existe ver tus ojos / y no verlos”.

¿Cuál es, entonces, el lugar de la poesía en el mundo? ¿“Ser lo que alguno sueña”? ¿Son estos poemas? ¿Son lo que alguno de sus lectores sueña? Quizás solo nos dan a mirar su nada, la del mundo, como puede aparecer desplegada en un texto: “Nada / El silencio acaso / Los congos / Casi nada / Un peón molido / en la hamaca”.

Esos pequeños poemas, de versos tan cortos, parecen intentar darnos el apoyo material para realizar ese viaje. Lo que se ve aun más limitado por los matices tan finos de significado, las alusiones que pasan volando o parpadean, por las cuales es posible leer un poema diez veces y pensar que no dice nada. O sentir que su textura alusiva casi dice algo, que estamos a punto de descubrirlo… Como esos cuadros renacentistas donde ya casi adivinamos la clave.

Esa manera menor de estar en el mundo es de comunicación con los otros, a pesar de todo lo que pueda decirse en contra, en un plano a veces escurridizo. En “Ventana”, la presencia de un otro se escribe en medio de días que no avanzan, en una forma de tiempo con implicaciones ontológicas que quedan por descubrir al lector: “Van y vienen / de su casa a la mía. / A veces en una rama, / una punta del trino. / ¡Pensar así de los días!” Otras tantas ventanas se abren, con sus pájaros que van y vienen, en las sutiles y sin embargo abundantes referencias a escritores, desde Martínez Rivas o Cardoza y Aragón, hasta Hart Crane, Apollinaire, Sor Juana o Tu Fu.

Tenemos que discrepar aquí de “T. S.”, quien en la contratapa del libro espera que las “próximas producciones” de Julio Acuña se dirijan a “reflejar —sin límites— el mismo compromiso que hoy guía su activa vida”. Discrepancia por situar en el futuro el compromiso de este libro, sin que se trate por eso —sería muy distinto— de su futuro desplegado en sus lectores; discrepancia también por no dar su lugar a los límites de esta ventana que Julio ha elegido, de ángulos tan rectos y superficies tan pequeñas como el espacio mismo de la página.

Al visitar la casa de Darío, donde vivió luego Alfonso Cortés, no es posible mirar por aquella ventana el cielo inmenso de León, sin pensar que es el referente de “Un detalle”, que ha servido aquí de epígrafe. Entonces nos hacemos preguntas sobre el engaño y volvemos al libro, es decir, el lugar donde en realidad se localiza aquella ventana, desde donde nos contempla la locura de la poesía, o ella nos da a contemplar la del mundo.

Julio Acuña nos trae a la mente a otro poeta de intensa relación con la vesania, esta vez de Lisboa, y nos ofrece un pequeño hueco, uno más, para nuestro conocimiento, en “Así están las cosas afuera”: “En una habitación pequeña / Ricardo Reis no perdona el tiempo. / Ventana hacia media ventana, / un fragmento de cielo solo, / como sus odas”.

Reseña escrita por Esteban Ureña

Mitaí
©Tormenta Cerebral S.A.