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Cristina Gigirey: la danza, su vida


Natalia Rodríguez
nrodriguez@redcultura.com

El pasado viernes 8 de diciembre Cristina Gigirey recibió el último aplauso. Fue uno muy largo y sentido, lleno de lágrimas y cariño. Alrededor de su tumba, donde depositaron sus cenizas, estaban cientos de personas que llegaron a despedir a esta mujer de la danza que hizo de Costa Rica su segunda patria.

Pero un artista nunca muere. Lo sobrevive su obra, la gente a la que formó, todo lo que enseñó. Ella seguirá recibiendo aplausos cada vez que alguna de sus célebres coreografías se interprete, cada vez que Danza Abend, la academia que con tanto trabajo formó, se presente en algún lugar del mundo.



Fotografía José Díaz

Con doña Cristina se fue el cuerpo ágil que voló en escenarios de América Latina, Estados Unidos y Europa, pero el alma de la bailarina seguirá entre nosotros. Este es un homenaje a la mujer, a la madre, a la esposa, a la maestra y a la intérprete que fue Cristina Gigirey.

Llegó para quedarse

Cristina Gigirey llegó a Costa Rica en 1974 con su esposo y su hijo, y desde ese momento empezó a bailar sin parar, siempre con ese espíritu tan solidario y comprometido con su arte y con el público. Colaboró con todos los grupos de danza que había en el país en aquel momento, fue una de las primeras maestras de la Escuela de Danza de la Universidad Nacional, y fue fundadora de Danza Universitaria.

Pero antes de llegar a Costa Rica, ya ella tenía una larga carrera atrás. Había bailado y obtenido importantes papeles en su país natal, Uruguay, en Argentina, Chile, París y Alemania.

Un año después de su llegada al país, fungió como directora del Ballet Moderno de Cámara junto con Elena Gutiérrez. Con este grupo, doña Cristina montó por primera vez “La Casa de Bernarda Alba”, la cual es tal vez su coreografía más conocida, con la que cosechó aplausos en el mundo entero. Para esa época fue llamada por Rogelio López para dar entrenamiento al grupo Danzacor, antecedente de lo que años más tarde fue Danza Universitaria, institución de la cual Cristina fue maestra, coreógrafa y bailarina. Sus coreografías fueron ejecutadas por diversos grupos, entre ellos la Compañía Nacional de Danza.

Cristina trabajó con infinidad de bailarines y actores de teatro. Montó su propio estudio en 1981, pero siguió colaborando con muchos grupos. Obtuvo el Premio Ancora de Danza 1985-1986, el Premio Nacional a la Mejor Coreografía en 1978 por “La Casa de Bernarda Alba”, y repitió ese premio un año más tarde por la coreografía “Procesos”. Además, representó a Costa Rica en varios festivales internacionales.

Su aporte a la danza costarricense fue muy importante. A ella se le debe el haber sistematizado la enseñanza de este arte, brindando una formación técnica rigurosa y adaptando la enseñanza del ballet a la formación de los bailarines de danza. Prácticamente todos los bailarines profesionales de este país pasaron por sus clases, y con el tiempo volvían, sabedores de que sus lecciones eran de las mejores.

Además, quienes la conocieron concuerdan en que fue una mujer muy solidaria, profesional y disciplinada, que vivía para la danza y que hizo de la danza su vida. Sus enormes y brillantes ojos negros, no se olvidará fácilmente.

Ellos la conocieron

Cora Flores, bailarina y coreógrafa mexicana

La noticia de la muerte de Cristina ha sido para mí algo terriblemente doloroso, no sé cómo explicártelo o cómo expresar lo que para mí ha significado.......la primera vez que supe de ella fue por medio de un amigo que había estado en Costa Rica y que vio bailar la Bernarda, me comento "es una coreografia maravillosa y parece dedicada a ti, tienes que bailarla" , lo cual en efecto sucedió años después. A partir de ese momento mi amistad y cariño por Cristina fue siendo cada vez mayor no solo por ella sino por su familia, he visto crecer a Gaby, su hija, como persona y como artista, le tengo también un inmenso cariño tanto como a Esteban, su papá, a Cristian, el esposo de Gaby, y al maravilloso bebé que tienen y por supuesto a Federico, al que he visto menos pero del que me he enterado de todos sus logros.

Ahora soy directora artística de Danza Libre Universitaria, llevo alrededor de 2 años en esto y me daba una gran ilusión que Cristina viniera a remontarla con un nuevo elenco, y generosamente ella accedió a hacerlo. Enoctubre de este año por primera vez se le dio oportunidad a este grupo de presentarse en Bellas Artes, nuestro máximo teatro, y por supuesto para tan gran evento desde luego pensamos en cerrar la función con "la Bernarda", la cual como siempre fue un absoluto éxito.....fue esta la ultima vez que vi a Cristina, en   ese momento todavía teníamos planes de volvernos a reunir para próximos proyectos. Tuve también el honor de ser invitada para montar coreografía para ABEND, fui privilegiada con una función que ella me dedicó; quisiera ser una gran escritora para poder expresar con las debidas letras lo que ella significó para mí en mi vida artística y a nivel personal, todo, todo mi cariño, mi admiración y mi gratitud para una gran  mujer e inmensa, enorme artista.

Elena Gutiérrez, bailarina y coreógrafa:

“Yo admiro y aprecio mucho a Cristina, todas las compañías de danza de este país le deben mucho a ella por el empuje que les dio. Fue una persona muy talentosa y dedicada. Su muerte es una gran pérdida para el mundo de la danza, pero por suerte los artistas nunca mueren del todo, siempre queda su semilla en sus obras y en sus estudiantes”.

Luis Piedra, coreógrafo y bailarín

Conocí a Cristina como público por allá del año 1975. Después fue profesora con el grupo Danzacor, que posteriormente fue Danza Universitaria, adonde llegó a darnos asesoría y clases de ballet de forma totalmente gratuita y desinteresada. Siempre creyó mucho en mí, fuimos muy amigos. Siempre estuvimos en contacto y sin duda es una figura emblemática en mi vida personal y profesional.

Como profesora Cristina era muy minuciosa y sistemática, nos enseñó a adaptar la técnica del ballet a la daza de forma casi exhaustiva. Como coreógrafa manejó un estilo particular excelente, sus coreografías de Bernarda Alba y Aproximaciones 1, 2, 3, son un ejemplo de su magnífico estilo, en el que a partir de movimientos aislados recomponía otros, del mínimo movimiento a la explosión.

Sin duda, Cristina fue una mujer de una generosidad sin límites, con un gran humor y un sentido de la vida maravillosos.

María Steiner, actriz.

Conocí a María en 1995, cuando fui a sus clases, invitada por Eugenia Fuscaldo. Yo tenía un problema en una rodilla a raíz de una operación, y llegué muy asustada. Ya había hecho otros intentos de rehabilitar mi pierna, pero nada funcionaba, hasta que luego de un trabajó intensivo con Cristina, logré recuperar por completo mi rodilla, al punto de que ya no necesité usar nunca más la rodillera que llevaba todos los días puesta.

Con el tiempo nos hicimos muy amigas, íbamos siempre juntas al teatro, al cine, a ver danza. Fue una persona muy completa en la parte intelectual y en la artística.

Humberto Canessa, coreógrafo y bailarín

GIGIREY: PULSIÓN UNIVERSAL

Cuando recién empezaba a conocer el mundo del arte y del espectáculo, que era casi como seguir enceguecido y loco el canto de las sirenas, llegué a la Escuela de Danza de la Universidad Nacional, en el viejo local de una antigua estación de bomberos en Heredia. Yo no sabía que me esperaba, ni siquiera sabía qué quería y si ese podría ser mi camino. Me asomé a una ventana que daba al estudio principal de la escuela y pude mirar fascinado de donde provenía el canto: un grupo de mujeres, con la sutileza de serpientes al acecho, contoneaban sus cuerpos y deslizaban unos pañuelos por encima de las barras de ballet al ritmo de una canción sureña, una milonga tal vez, y en medio de ellas una figura pequeña, de una belleza dramática, como salida de una película del expresionismo alemán, con un brillo en los ojos que hubiera deseado la misma Circe al llamar a su Odiseo, dirigía aquel aquelarre de sensualidad y sencillez, era tan claro todo y tan hermoso, que no pude menos, como un Odiseo más, dejarme levar por la magia, por la hechicería de los pasos y por la fuerza de su voz, que como truenos en medio de una tormenta, pedían dejar “la sangre” a cada ‘port de bras’, a cada ‘arabesque’ o ‘pirouette’, que incansable hacía que cada bailarina inhalara pasión y exhalara fuego.

Esa figura pequeña de estatura pero grande de espíritu, llena de una vitalidad sobrehumana, era la Maestra Cristina Gigirey, quién desde ese día, sin saberlo, me dio la primera visión de una danza con compromiso, con entrega, me dio la imagen de la danza como un encuentro esencial y que gracias a ese momento se convirtió luego en la esencia misma de mi vida. Con su imagen clavada en mis entrañas, en mis ganas fue que decidí convertirme en bailarín, algo que posiblemente nunca le pude expresar, ni agradecer, pero que ahora, en su ausencia física, siento de nuevo, ella fue la primera gota de sangre, la pulsión que echó a andar por mis venas la bendición o la maldición (según diría ella), de luchar por vencer el espacio vacío, la fuerza de la gravedad, el silencio.

Durante mi estancia en la Escuela tuve la oportunidad de participar en un montaje basado en los poemas de uno de los grandes amores de Cristina, posiblemente el que le dio más gloria y posibilidades: Federico García Lorca. Ella propuso la obra para que los estudiantes tuviéramos la experiencia de volcar nuestros ímpetus en el escenario, así que también fue de su mano que tuve la primera experiencia escénica más auténtica y definitiva. Después de esa ocasión yo abandoné la escuela, pasé a la Compañía Nacional de Danza y participé de varios proyectos independientes también, pero nunca de su querido Abend, la suerte me era adversa y casi nunca coincidimos en esos años.

Pasó tiempo, yo salí de Costa Rica en el 90 y regresé hacia el 2001, después de muchas travesías, travesuras y obstáculos, por fin en el 2004 fui llamado por Gabriela, hija de Cristina, para acompañarlas en la aventura de remontar varias piezas que habían sido emblemáticas en su proyecto, es así como tuve la alegría de al fin volver a ser dirigido por la Maestra, la obra fue “Aquella Mujer”, una pieza que yo había visto y admirado muchos años atrás, que además había sido bailada por excelentes compañeros: Jorge Hernán Castro, Rolando Brenes y más recientemente Daniel Marenco, así que el compromiso era mayor, sobre todo por que me lo pedía la misma Cristina. Fue una experiencia inolvidable y única, no sólo por estar ahí y hacer su obra, sino, sobre todo, por tener la oportunidad de verla a ella desde bambalinas hacer su “Bernarda Alba”, y verla dejar esa huella indeleble una vez más. Esa es la imagen última que tengo de la Maestra, imagen que atesoraré toda mi vida, que es ejemplo y fuerza, que es gracia y dramatismo, que es esencialidad y materia vital de los escenarios de Costa Rica y que en definitiva honra a la danza como pulsión universal.

¡Qué viva la danza! ¡Viva Cristina por siempre!






Julia Ardón Arroz y Frijoles


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